NOSTALGIA DE ESTAMBUL

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¿Adónde iría, si pudiera irme, que sería, si pudiera ser, que diría, si tuviera voz, quien habla así, diciéndose yo? (Samuel Becket, “Textos para nada”)

Me iría al mar, a dejarme rozar por las gaviotas

A deambular por Estambul; a sentir, a ver, a oler a libertad

A catar los bailes ajenos, las palabras propias, la música universal.

Sería un hilo de plata enamorado de mi mismo

No rozaría el suelo.

Volaría.

Hablaría todo el rato, sin parar, un discurso mágico venido a más

Miraría bien, saludaría y sería cortés. Un hada o un ángel travieso

Jugando a hacerlo genial.

Si tuviera voz, reclamaría, y esta vez,

Tendrían que darme paso, prestarme oído, servirme a mí

Que estoy dentro de ti y no me oyes, que te amo y no me sientes, que soy tu Yo y no me conoces.

 

 

 

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LA CAÍDA DEL ÁNGEL

Se acercan un poco renuentes. Destacan en esta tarde de primavera sus chalecos amarillo fúlgido -ellos dicen chillón o fosforito- sobre el pavimento del gran paseo del Retiro, salpimentado también con los colores horteras de los infernales turistas y sus cámaras obstinadas. Los caños de agua virgen que alimentan mi único pie, crean piezas de música fresca y cristalina, siempre eternas, infinitamente bellas, y me impiden oír bien. Aún están lejos pero percibo como, espaciando sus bromas, lanzan miradas fugaces a mi torso desnudo, atraídos por mi piel y por mi gesto, el sufrimiento más noble de su pequeño planeta. ¡Paletos miserables! Una vez se me permitió experimentar la compasión. La poca que me dieron la agoté anteayer, con los tres grafiteros imberbes que se me cercaron. Al icono de lo prohibido, a desafiar a los supersticiosos y  a todas las leyendas que se han atesorado entorno a mi estatua. Los artistas son mi debilidad; se me despertó la misericordia y les dejé ir, bueno, quedaron emplazados para más adelante.

Los hombres han llegado a mÍ. Uno de ellos apoya una frágil escalera larga y estrecha contra mi marmórea base.  Empieza a trepar por ella. La escala tiembla con su peso y el viento. Le oigo jadear. Y huele a sudor. Eso es una infamia. Detesto la falta de amor propio. Nota mi mirada escaneándole. Se recoloca el cubo, las bayetas y a punto está de perder pié. Busca mis ojos. No le miran. Mi cara apunta al cielo exactamente a 666 metros sobre el nivel del mar. No lo entiende. Está fascinado. Pero tiene miedo, claro. Admira mi cabello y los músculos de mis brazos. Se está preguntando cómo le puedo ver sin tan siquiera girarme. Mi escorzo es magnífico, pero incómodo, la verdad. Que no me toque. Que no ose. Le ordeno que se limite a limpiar la base y que se vaya a casa. Sé que teme por sus hijos más que por él. Leo sus miserias, sus vicios y fracasos. Aburrido y previsible. Me quiere tocar. Que no ose. Tengo cierta autonomía y hoy no quiero trabajar. Este ciclo se acaba. 26000 años después viene el alba. Que me dejen progresar. El tipo, con la boca entreabierta, desoye mi advertencia y la de sus colegas, que le hacen señas desde abajo. Está como en trance, hipnotizado por la tersura de mi piel, que le llama y le repele a la vez. Levanta la mano derecha. Tiene calor. Deseo, odio, amor, placer y dolor. La acerca a mi muslo. Siente la vibración del vacío. El silencio. Que no se atreva, el ignorante. La mano se detiene un instante en el aire. El hombre ha oído algo, le aguijonea el recuerdo de un crio. Parece que despierta del trance,  sacude la cabeza, mira a sus amigos que hacen aspavientos, les sonríe aliviado y posa la mano derecha sobre mi pierna justo un instante antes de que la escalera resbale y caiga su cuerpo a plomo sobre el pavimento del paseo del gran retiro de Madrid, inmerecidamente a mis pies.  

 

Carmen Peralta

 

 

Nostalgia

una ausencia que palpita, que respira
que camina , que tiene vida propia
un delirio que ensordece en su reclamo
ella tan lejos de la respuesta
a la pregunta de un futuro
mientras la luna aúlla su nombre
este mi oído , ya no la escucha
hoy solo la siento, distante, pausada, lejana, en silencio
duermen en mi, sus tiempos
sus rasgos tan perfectos , adornos de su estar
tan natural encanto , tan propio
tan único, tan sublime..

sus humores de magia echa sonrisa.
se encendía en su rostro, que aun hoy me ilumina
misionera de la luz violeta, sincronía divina…

es su esencia cubierta de gracia
el brillo del cosmos en el altísimo firmamento
ilusión desmembrada por causas ajenas
ayer de consejos , espejos , reflejos

   
pisadas recogidas para encender una antorcha
es su melancolía de estambul,  aflicción que me invade
me abruma , me opaca, me rompe en distintos quebrantos
muero escondido en la sombra de un beso negado
y siento que sin ese beso jamas existí…

las noches me saben a pena
a terrenos baldíos , a destierros
a restos de pánico , desperdigados por el suelo
al hogar de la duda a sentencia sin juicio
a muerta compañía a diarios de agonía ….

mientras transcurre este tiempo de ausencia viva
su luto, llanto del dolor mas profundo…

enfermo de su medicina
ausente de su presencia
dolido de sus afecciones
sonante de su palabra, capricho de su destino
amante de su nostalgia de estambul
cargada de sueños de estrella
llenos de argumentos de vidas anteriores
paz para las almas amor de mis amores¡¡¡